Pequeños monumentos caseros, mojones en el camino donde la recurrente nostalgia deposita mínimas ofrendas, donde se ejecutan íntimos homenajes.
Cuántos finales escritos sobre el mismo cruce de calles, cuántas vidas que se agotan con el mismo horror, con el mismo sentimiento de impotencia.
Sobre qué punto en la banquina tendría que haber erigido una casilla, dónde exactamente tendría que haber clavado una cruz, pintado una piedra, si en el ya remoto abril del 82, no hubiera sido sólo un niño de cinco años que se enteraba de que su papá ya no volvería de Buenos Aires…

impecable
Donde dejar marcado el lugar y el momento de semejante pena, de tan terrible dolor…
Es probable que un “mojón” eternamente en el alma esté instalado en el alma de aquel niño ¿verdad?
Abrazos!!